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LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA CIENCIA

La Cátedra cultural Pedro García Cabrera nos invita a debatir sobre la función social de la ciencia. El debate tendrá lugar el viernes 22 de junio a las 18.00 horas en el Ateneo de La Laguna y contará con la participación de Carolina Martínez Pulido, Verónica Martín Jiménez y Ginés Salido Ruiz como ponentes, y con Inmaculada Perdomo como moderadora del acto. A continuación Inmaculada Perdomo nos presenta su visión de ‘La función social de la ciencia’.

La presencia de la ciencia y la tecnología en las sociedades contemporáneas es generalizada. Vivimos rodeados de productos tecnológicos, desde los ordenadores que nos permiten conectarnos con el mundo a los teléfonos inteligentes, y el conocimiento generado por la ciencia permite resolver multitud de problemas, aprovechar los recursos naturales y energéticos de manera más eficiente y salvar vidas gracias a los espectaculares avances en las ciencias biomédicas. En este sentido, el progreso social ha venido de la mano del progreso científico y la historia de la ciencia así lo muestra. Pero la ciencia y la tecnología quedan inevitablemente asociadas también a los temores de la población ante los riesgos nucleares, a la denuncia por la contribución de ciertas tecnologías al deterioro medioambiental o al cambio climático y a los riesgos inherentes a las prácticas de la ingeniería genética, por citar sólo algunos ejemplos.

Es innegable que las actitudes públicas hacia la ciencia dependen de su supuesto papel social, de los niveles de alfabetización científica, de la adecuada comunicación de los avances y retos de la ciencia a la sociedad. La cuestión es básica: ¿Para qué es la ciencia? Y la respuesta suele ser también directa: sirve para ofrecer respuestas a la curiosidad humana sobre el funcionamiento del mundo, debe solucionar los problemas que requieren la puesta en práctica de las mejores habilidades cognitivas y pragmáticas,  debe mejorar las condiciones de vida de todos los seres humanos, y debe guiar nuestras decisiones en multitud de ámbitos. Mantener la autoridad de la ciencia es necesario, lo que requiere, además, un conocimiento adecuado de ella. La reflexión crítica sobre la ciencia permite avistar el papel de los valores (cognitivos y no cognitivos) en la configuración de las representaciones científicas del mundo y analizar qué tipo de conocimiento nos proporciona la ciencia. Lejos de las imágenes tradicionales de la ciencia como completamente verdadera, objetiva y neutral, hoy aceptamos que la ciencia proporciona modelos adecuados, aunque falibles y perfectibles, representaciones de la realidad, que nos permiten explicar e intervenir en el mundo. Y que la ciencia proporciona, además, un modelo de racionalidad para el análisis, evaluación y procesos de tomas de decisión en la sociedad y nuestras vidas en general.

Pero el debate suele ser más complejo y por ello, también, más necesario. Es innegable el papel central de la ciencia y tecnología en las sociedades actuales, pero es innegable también que el tipo de ciencia y tecnología que se desarrolla es un asunto decidible, y que las agendas políticas para la ciencia son las que diseñan el mapa general sobre qué investigaciones promover, qué proyectos financiar y cuáles, inevitablemente, quedarán en el olvido. Las preguntas: ¿Qué investigaciones o proyectos priorizar?, ¿es necesaria una mayor inversión en ciencias aplicadas o en la tecnociencia o Big Science?, o  ¿ha de mantenerse un adecuado nivel de financiación pública para la investigación fundamental?, surgen cuando analizamos críticamente las condiciones de posibilidad de la Ciencia y Tecnología actuales, ya no sólo como expertos sino también como ciudadanos en el contexto de las modernas democracias y más aún, en el contexto de crisis actual. La legitimidad y pertinencia de la pregunta: ¿Qué tipo de ciencia debe hacerse? puede entenderse como clave en el debate actual acerca de la Ciencia y  la Democracia y las propuestas de participación de la ciudadanía en los procesos de decisión como una demanda y necesidad de profundización en las modernas democracias.

Inmaculada Perdomo

Un liberal, en el mejor sentido de la palabra

El pasado 15 de mayo tuvo lugar en el Ateneo de la Laguna la mesa redonda ‘La mirada de Chaves Nogales. Un liberal, en el mejor sentido de la palabra’, un acto organizado por la Cátedra PGC en colaboración con la Fundación PGC en el que se trató de dar voz a un periodista de acción que vivió y relató la insensatez de las guerras desde la objetividad y la razón.

La mesa contó con la intervención de Ignacio Cestau, Cecilia Domínguez, Ricardo Guerra y Andrés Doreste, y con Rafael Alonso Solís, director de la Cátedra PGC, como moderador. Los participantes destacaron la  calidad periodística y literaria de Chaves Nogales y el evidente posicionamiento del autor con la democracia y la libertad, en contra de lo que promueven las guerras y los extremismos.

Tras la presentación por parte del moderador, Ricardo Guerra destacó los relatos de Chaves Nogales de la Guerra Civil y cómo a través de su obra podemos ponernos en el lugar de los que sufrieron sus consecuencias. Ignacio Cestau, por su parte puso énfasis en el valor literario de las obras de Chaves Nogales y en como le había marcado la lectura de las obras ‘A sangre y fuego’ y ‘El maestro Juan Martínez que estaba allí’. Por su parte, Cecilia Domínguez contó las sensaciones que le había provocado conocer recientemente a Chaves Nogales y comparó las historias por él contadas con su obra ‘Mientras maduran las naranjas. Tiempos de silencio’, una novela ambientada también en la Guerra Civil, pero contada desde los ojos de una niña que observa lo que ocurre. Y finalmente intervino Andrés Doreste, un apasionado del escritor cuya obra ‘Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas’ conoció siendo muy joven, donde destaca la emoción de la lectura de sus obras y como aún hoy, pasados los años siguen manteniendo una asombrosa y, en ocasiones, triste vigencia.

  

 

 

 

 

 

Manuel Chaves Nogales fue un escritor conocido en su época, pero obviado por las dos Españas que dejó la Guerra Civil Española. Ahora la memoria lo ha rescatado del injusto olvido en el que dormía su figura durante años, en ocasiones tergiversando sus ideas, pero siempre poniendo en valor a este gran periodista al que ‘solo le faltó morir en la guerra’.

LA MIRADA DE CHAVES NOGALES

La Cátedra prepara una Mesa de debate sobre Chaves Nogales para el día 15 de mayo en el Ateneo de La Laguna a las 19.30 h. Por tal motivo, el director de la Cátedra Cultural PGC nos presenta su particular percepción del escritor.

Una visión liberal, en el mejor sentido de la palabra

Se ha dicho que la grandeza que se atisba en la figura de Chaves Nogales radica en el hecho de haber sido capaz “de conservar la calma, de ejercer la reflexión”, y hacerlo en medio de los conflictos que tuvo que vivir con su familia, primero durante el asedio de Madrid, luego en el exilio francés, y siempre en el centro de una Europa en guerra, hasta su muerte en Londres, con 46 años. A ello habría que añadir su inmenso talento literario, que le permitió escribir crónicas y novelas espléndidas con la magia de la autenticidad, en las que personajes reales se expresaban en directo, sin tiempo para que el escritor les corrigiera el estilo, yéndosele de las manos, haciendo y diciendo lo que él mismo, “por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen”.

En las pocas fotografías de que se dispone, parece apreciarse que Manuel Chaves Nogales miraba a las cosas con la seriedad y el respeto con que se mira cuando se hace a solas, sin conformar ningún gesto artificial que garantice la reproducción del lado bueno del rostro. Y es esa misma mirada, ligera de equipaje, casi desnuda, la que parece posar sobre el mundo que le tocó vivir, la que fue capaz de echar sobre el escenario doloroso de una guerra civil o del transcurrir de una contienda mundial. La mirada de un periodista capaz de decir lo que pensaba con la economía de la información, de conjugar una gramática de la vida real al mismo tiempo que todo sucedía a su alrededor, pero con la distancia que permite mirar sin colores prestados, sin servidumbre ideológica y sin inclinar un ápice el espinazo por sumisión o, siquiera, cortesía. Resulta inevitable, al hacer esta evocación en Canarias, caer en la cuenta de la coincidencia del apellido con la de otro innombrable, tal vez el contrapunto vulgar de esa manera de mirar, el ejemplo untuoso que parece llenar la pluma con tinta de recuelo.

La Cátedra Pedro García Cabrera ha elegido al periodista y escritor sevillano para continuar las actividades de este año. La elección podría quedar plenamente justificada por la calidad del autor, un periodista que escribía como Dios desde el centro de una tierra convulsa. Pero en el autor  hay algo más importante, y es la honestidad con que trata de contar lo que ve  e intenta comprenderlo sin debilitar sus convicciones democráticas. Como ha señalado Andrés Trapiello, “…los relatos de Chaves son, desde la literatura, el esfuerzo más grande y lúcido por entender aquella guerra, en un viaje a las guaridas del miedo…”. Si las heridas de la guerra de España parecen, en ocasiones, sangrar sin cura, y si los errores del pasado y la necedad implícita de las banderías parecen aún marcar nuestra historia presente, volver la mirada a Chaves, introducirse en la suya para tratar de contemplar la realidad, puede constituir un ejercicio saludable.

Rafael Alonso Solís